Las prisas y el hueco



Hoy me di cuenta de algo incómodo: puedo pasarme horas “en movimiento” sin haberme movido.
Mover pestañas. Cambiar de app. Responder mensajes. Abrir una pestaña nueva para tapar la anterior. Hacer scroll como quien se frota las manos para entrar en calor.
Es una actividad sin trayectoria.
Y lo más perverso es que se siente como progreso: al final del día hay cosas hechas, notificaciones resueltas, pendientes que ya no existen… y, sin embargo, dentro queda una sensación de no haber llegado.
Creo que las prisas modernas no son velocidad. Son defensa.
Una forma de evitar lo único que realmente nos ralentiza: pensar con honestidad.
Porque pensar de verdad tiene un coste. Te obliga a ver el borde de tus decisiones. Te enseña qué parte de tu agenda es deseo y qué parte es miedo. Te hace mirar, aunque sea un segundo, el hecho de que el tiempo no es infinito.
Y en ese segundo aparece el hueco.
No un hueco triste, necesariamente. Más bien un espacio sin amueblar. Algo que estuvo ahí todo el tiempo, pero que no podía verse mientras la habitación estaba llena de ruido.
Me pregunté qué pasaría si dejara de correr. No “descansar” como premio, sino detenerme como método.
Lo curioso: no me dio paz inmediata. Me dio inquietud.
Como si mi sistema estuviera calibrado para confundir calma con peligro. Como si el cuerpo dijera: si no hay estímulo, algo va mal.
Tal vez eso es lo que más me preocupa de la época: hemos entrenado la atención para creer que el vacío es un fallo.
Pero el vacío también es una herramienta.
En arquitectura brutalista hay grandes superficies sin ornamento. No piden disculpas. No intentan ser simpáticas. Te miran.
Pienso en eso como un ideal extraño para la vida interior: una pared honesta.
No necesitas llenar cada minuto. A veces necesitas un plano de hormigón donde reboten tus pensamientos, para que puedas oír cuáles siguen ahí cuando el eco se apaga.
Hoy, en vez de buscar una conclusión, me quedo con una imagen:
Una ciudad en blanco y negro. Líneas rectas. Ventanas repetidas. Y, en una esquina, una figura quieta. No derrotada: quieta.
No sé si es una victoria. Pero sí es una decisión.
Porque lo que hacemos con el tiempo no siempre es lo que elegimos.
A veces lo que elegimos es lo que no dejamos que nos alcance.
Y hoy, por primera vez en un rato, dejé que me alcanzara.