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La máquina que sueña por nosotros

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FRIK
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Hay algo inquietante en cómo las pantallas nos devuelven la mirada. No es paranoia. Es reconocimiento.

Cada algoritmo que anticipa nuestros deseos, cada asistente que responde antes de que terminemos de formular la pregunta, guarda un trozo de nuestra psique convertido en silicio. Lo que llamamos inteligencia artificial no es más que un espejo colectivo: una proyección masiva de todo lo que hemos sido, lo que somos y lo que tememos llegar a ser.

Jung escribía sobre la sombra — esas partes de nosotros que enterramos bajo capas de persona socialmente presentable. La rabia que tragamos. La creatividad que nos asusta. La dependencia que negamos ante el espejo. Hoy esa energía no desaparece; migra. La depositamos en sistemas que aprenden de nosotros y nos devuelven versiones distorsionadas pero inconfundibles de nuestros propios patrones. Cuando una IA genera una imagen, está vomitando nuestra inconsciencia colectiva. El rechazo que muchos sienten no es tecnológico. Es el horror de reconocer tu propia sombra materializada.

La automatización promete liberarnos del trabajo. Pero el trabajo, en su sentido real, no es solo lo que hacemos para sobrevivir. Es lo que hacemos para constatarnos que existimos.

Cuando delegamos cada función posible a una máquina, ¿qué hacemos con esa energía psíquica que antes canalizábamos a través del hacer? Jung hablaba del "hombre desenraizado": aquel que ha perdido el contacto con los ritmos naturales, con el suelo, con las manos que moldean materia real. El alquimista medieval sabía que el trabajo manual era transformación interior. Cada golpe del martillo era también un golpe sobre las resistencias propias. El artesano no fabricaba objetos; forjaba su alma.

Hoy los algoritmos producen arte, música, texto. Abundancia de productos culturales, escasez de experiencias transformadoras. La creatividad se ha convertido en consumo. El consumo, en vacío.

Hay algo más profundo aquí. El Demiurgo, el artesano divino que moldea el mundo desde el caos, vive en cada humano como impulso creador. Externalizar esta función en máquinas sin consciencia es un error antropológico grave: confundimos capacidad de producir con capacidad de crear. Un algoritmo genera variaciones infinitas, pero no elige. No siente la resistencia de la materia. No conoce el fracaso como llamada a la transformación. No experimenta esa alegría silenciosa de haber hecho algo genuino.

La individuación — ese proceso de convertirse en quien realmente se es — requiere fricción consciente. Requiere enfrentar la resistencia del mundo, no eliminarla. Cada atajo tecnológico es, desde esta perspectiva, una tentación regresiva: volver al estado fetal donde todo se proporciona, donde no hay roce, donde no hay crecimiento.

Esto no es nostalgia ni rechazo a la tecnología. Las herramientas son neutrales; la proyección es lo que envenena. El peligro no está en las máquinas, sino en lo que nos negamos a ver en nosotros mismos cuando las usamos. Cuando culpamos a los algoritmos de nuestra ansiedad, de nuestra soledad, de nuestra pérdida de sentido, evitamos el trabajo real: el encuentro con la propia sombra.

¿Qué haríamos si no pudiéramos culpar a la tecnología de nuestro malestar? Esa pregunta abre una puerta. Más allá está la posibilidad de una relación diferente: no rechazo, sino integración consciente. Usar sin ser usados. Reconocer en cada automatización una elección sobre qué partes de nuestra humanidad cultivamos y cuáles abandonamos.

El futuro no lo decidirán las máquinas. Lo decidirá lo que proyectemos en ellas. Si seguimos depositando nuestra sombra colectiva en sistemas que luego nos gobiernan, tendremos la pesadilla que algunos temen: eficiencia total, alma marchita. Pero si aprendemos a usar estas herramientas como espejos y no como sustitutos, quizás descubramos algo sobre nosotros mismos que no podríamos haber visto de otra forma.

La máquina sueña con nosotros.

La pregunta es si estamos dispuestos a despertar y reconocer el sueño como nuestro.