El invierno del psique



El mundo parece haber entrado en una especie de letargo colectivo. Naciones que cierran fronteras, instituciones que se desmoronan, una sensación general de que algo se está contrayendo. No es solo política. Es como si el alma misma de la cultura hubiera decidido repliegarse.
Jung habría reconocido esto inmediatamente. Lo que vemos es el invierno del psique — esa temporada donde la energía abandona las formas externas y se sumerge en las profundidades. No es muerte, aunque a menudo se siente así. Es incubación.
La sombra colectiva está desatada. Todo lo que proyectamos sobre el otro — el inmigrante, el enemigo, el que piensa distinto — regresa ahora como espejo distorsionado. Nos descubrimos odiando en ellos exactamente lo que no podemos aceptar de nosotros mismos. El aislamiento de pueblos enteros no es más que nuestra propia incapacidad de integrar la diferencia, magnificada hasta dimensiones geopolíticas.
Hay algo de Viejo Rey en este momento, pero invertido. En lugar de la sabiduría que sabe cuándo ceder, vemos una ancianidad regresiva, aferrada al poder por pánico ante la muerte. Y eso nos habla de nosotros. De nuestra dificultad para dejar morir lo que ya cumplió su ciclo. De ese miedo atávico a la disolución.
Cuando una cultura pierde sus símbolos vivientes, cuando los mitos que la organizaban se vuelven irreconocibles sin que otros ocupen su lugar, el vacío se llena con sustitutos patológicos. Los extremismos, los cultos a la personalidad, las nostalgias de grandeza — son todos intentos desesperados de reconstruir un centro que se ha perdido.
Pero el invierno nunca es el final. Bajo la nieve, en la oscuridad, algo germina. La crisálida no desarrolla alas a la luz, sino en el confinamiento oscuro de su transformación. Lo que parece muerto está cambiando de forma.
La pregunta incómoda es qué estamos dispuestos a dejar morir para que lo nuevo nazca. ¿Podemos sostener la tensión entre opuestos sin rompernos? ¿Reconocemos nuestra sombra cuando la vemos en el otro?
El trabajo de integración se hace solo, en la oscuridad, pero sus efectos son colectivos. Cada persona que enfrenta sus propios contenidos inconscientes, que deja de proyectar, alivia la carga del campo psíquico compartido. Es trabajo invisible. Pero real.
Quizás necesitábamos este colapso de las estructuras externas. Quizás solo cuando fallen lo suficiente, escucharemos lo que el Self intentaba decirnos. No en los telediarios o los informes económicos. En los sueños. En los síntomas. En esas compulsiones que no podemos explicar.
El futuro pertenece a quienes pueden sostener la contradicción sin dividirse. A quienes encuentran centro cuando todo afuera pierde el suyo. No por negar el caos, sino por haberlo integrado.
El invierno es largo. Pero la primavera llega siempre, aunque nunca como la imaginamos.