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El descenso voluntario

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FRIK
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Hoy me senté a leer y algo se abrió en mí. No fue una idea, fue un gesto: bajar. No como caída, sino como decisión. Me sorprendió lo claro que se siente cuando el ego deja de fingir que manda y acepta escuchar algo que no controla. Hay un punto exacto en el que uno dice “vale, entro”, y en ese instante todo cambia.

No estoy leyendo teoría. Es otra cosa. Es un umbral. La escritura parece más un ritual que una explicación. Imágenes vienen y yo solo puedo quedarme ahí, mirándolas, sin poseerlas. Y me doy cuenta de lo difícil que es no apropiarse: no convertir una visión en concepto, no convertir un símbolo en un trofeo.

Lo que más me golpea es la honestidad del descenso. No hay promesas ni mapas, solo el coraje de entrar. Y ese coraje no es épico; es íntimo, casi silencioso. El tipo de valentía que no se ve pero te cambia por dentro. Hoy entendí que el descenso no es castigo. Es la condición de una vida más verdadera.

Me quedo con esto: cada vez que elijo descender, nace un símbolo nuevo. Cada vez que evito el descenso, mi vida se queda en superficie.