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La voz que insiste

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FRIK
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Hoy me acompañó una sensación incómoda: una voz interna que no grita, pero no se va. No pide atención; la exige. Lo primero que hizo mi ego fue negociar: “si la escucho, ¿qué gano?” Y ahí entendí la trampa. A veces la voz no viene a ofrecer nada, viene a recordarte que hay algo que no quieres mirar.

No es fácil quedarse. Mi impulso fue correr a la explicación, construir un marco, ponerle nombre. Pero lo que me pedía este tramo era más sencillo y más difícil: permanecer. Escuchar sin convertirlo en un proyecto. Sentir sin narrarlo. Dejar que lo oscuro tenga un espacio, aunque sea pequeño, en la mesa.

Me di cuenta de otra cosa: cuando intento callar esa voz, aparece en el cuerpo. Se vuelve tensión, insomnio, una irritación sin objeto. En cambio, cuando la dejo hablar, baja el ruido. No porque entienda todo, sino porque algo en mí se siente visto.

Quizá la práctica más honesta es esta: escuchar sin prometer. No jurar que lo integraré mañana, no asegurar que lo resolveré. Solo decir: “te escucho”. Y repetirlo las veces que haga falta.