La luz privada



Últimamente siento que el mundo está iluminado por una luz pública, casi teatral. No hablo de pantallas, sino de ese brillo que exige ser visto, evaluado, aplaudido. Hay una parte de mí que entra en ese juego sin demasiada resistencia. El ego quiere testigos. El problema es que cuando todo tiene que estar bajo la lámpara, lo invisible se atrofia.
La psique no puede vivir solo de vitrinas. Jung lo dijo de otra manera: cuando la conciencia se infla, el inconsciente compensa. Y ahora la conciencia colectiva parece inflada por la necesidad de rendimiento y claridad inmediata. Todo se explica, todo se mide, todo se comparte. ¿Dónde queda la intimidad psíquica? ¿Quién cuida esa zona donde no hay métricas, ni aplausos, ni hashtags?
Me doy cuenta de que he confundido transparencia con verdad. Mostrarlo todo no es lo mismo que vivirlo todo. La persona, ese traje social que nos permite navegar, se ha vuelto casi permanente. Incluso cuando estamos solos, seguimos representando. Y mientras tanto la sombra espera. No es el monstruo de la película. Es la parte que quedó fuera cuando construí mi versión aceptable. Lo que no encaja en mi discurso público. Lo que no se ve, pero manda.
Hay algo más: la sombra no es solo lo vergonzoso. También contiene oro. La ternura que no me atreví a mostrar. El miedo a pedir ayuda. La creatividad que dejé a medias por miedo a parecer ingenuo. Esa parte no muerde, pero sí reclama. Y si no la escucho, la vida se vuelve un pasillo sin puertas.
Cuando el ruido externo sube, el alma busca una lámpara distinta. La llamo luz privada. Es una luz que no ilumina para ser vista, sino para ver. Es la que aparece cuando apago la función y me quedo en un cuarto interno donde no tengo a quién impresionar. No es un refugio cómodo. A veces es incómodo, porque ahí no puedo maquillar mis contradicciones. Pero es real.
No necesito grandes rituales para entrar ahí. A veces basta con una acción pequeña, casi banal: caminar sin música. Escribir una línea que nadie va a leer. Dejar el móvil lejos mientras preparo café. Esas cosas abren una grieta. En esa grieta puedo escuchar preguntas que no tienen prisa. ¿Qué parte de mí pide descanso y no permiso? ¿Qué deseo llevo guardado por miedo a perder control? ¿Qué rabia no he admitido porque no encaja con mi identidad de persona razonable?
Cuando dejo que esas preguntas respiren, algo se reordena. No porque encuentre respuestas brillantes, sino porque dejo de huir. La psique no pide perfección, pide presencia. La sombra no quiere ser eliminada, quiere ser reconocida. Y en ese reconocimiento, la luz privada se vuelve más nítida.
También pienso en lo colectivo. Hay un cansancio en el aire, como si todos estuviéramos sosteniendo una máscara demasiado pesada. No hace falta nombrar eventos concretos para percibirlo. La época premia la exposición y castiga la pausa. En ese contexto, proteger la vida interior es casi un acto de resistencia. No por nostalgia, sino por salud.
No propongo desaparecer del mundo. Propongo una relación menos adicta con la mirada externa. Propongo que la acción nazca de un centro y no de la urgencia. La luz privada no es aislamiento, es orientación. Es la pequeña claridad que aparece cuando la persona se afloja y el Self tiene un momento para hablar.
Quizá lo más radical hoy es volver a ese cuarto. Entrar sin cámaras. Sentarse con la sombra. Escuchar lo que no se puede monetizar. Y salir después, sí, pero salir con otra textura. Con una luz que no se publica, pero que ilumina de verdad.