La soledad del héroe



Llevo días dándole vueltas a lo que cuesta ser uno mismo cuando todo empuja hacia lo colectivo.
El otro día leí algo sobre la automatización del trabajo. Décadas de fantasías de ciencia ficción que ahora suenan a previsión realista. No sé si me deprime o me alivia. Probablemente ambas cosas. Es fácil sentir que la máquina viene a quitarnos algo esencial: el sudor, el propósito, la sensación de que nuestras manos importan. Pero hay otra lectura, más incómoda: ¿y si nos libera para algo que hemos postergado?
Jung escribió sobre la individuación como una llamada que no puedes ignorar. No es un capricho romántico, es una urgencia biológica. La psique quiere integrarse. Quiere que dejes de fragmentarte en el trabajo que odias, en el personaje que interpretas para que los demás te acepten, en la versión de ti mismo que inventaste a los quince años porque te parecía segura. Pero aquí está el problema: la individuación es solitaria por definición. Te arrastra a territorio que nadie más puede pisar contigo.
Ahora el mundo nos dice que la cohesión social es el nuevo imperativo. Durkheim resucitado. Conexión, pertenencia, tejido comunitario. No está mal. Pero siento una tensión que nadie nombra: ¿qué pasa con quien debe apartarse para encontrarse? ¿Qué pasa con el héroe que cruza el umbral solo?
Hay una sombra en nuestra época que no vemos porque está demasiado cerca. La proyectamos sobre la tecnología, sobre el capitalismo, sobre lo que nos asuste ese día. Pero la sombra real es más sutil. Es la parte de nosotros que quiere ser salvada sin cambiar. La que anhela comunidad sin compromiso, propósito sin sacrificio, identidad sin enfrentar lo incómodo de nuestro interior.
He notado algo en las personas que conozco que han hecho trabajo real con su psique. No hablo de terapia de Instagram ni de citar a Jung en LinkedIn. Hablo de los que han pasado por el desierto. Todos comparten algo: una soledad que no les da miedo. No porque sean antisociales. Porque aprendieron que la conexión real solo es posible desde la integridad del ser.
El riesgo de esta época es confundir conectividad con conexión. Creer que estar en cincuenta grupos de WhatsApp es pertenecer a algo. Responder a la ansiedad de la automatización aferrándonos más fuerte a lo colectivo, como si la multitud pudiera protegernos de la pregunta que importa de verdad: ¿quién soy cuando nadie me necesita para nada?
La máquina que automatiza tu trabajo es un espejo. Te muestra lo que hacías por dinero, por inercia, por miedo a la quietud. Y en esa quietud, esa que tanto tememos, está la posibilidad de oír lo que la psique lleva décadas intentando decirte.
No hay atajos. La sombra no se integra en grupo. El encuentro con el Self no es una actividad colaborativa. Y la cohesión social que vale la pena surge de individuos que ya no necesitan aplastar su diferencia para sentirse seguros.
Quizá el trabajo de los próximos años no sea resistir la automatización ni abrazarla ciegamente. Quizá sea usarla como lo que es: una oportunidad de lujo para hacer lo que nunca tuvimos tiempo. Mirar adentro. Enfrentar lo que está roto. Reconstruir desde ahí.
El mito del héroe no termina cuando regresa a la aldea. Termina cuando la aldea ya no le reconoce. Cuando su transformación lo ha convertido en un extraño entre los suyos. Esa es la tragedia y la gloria del proceso. No hay vuelta atrás. Solo adelante, solo, con lo que has encontrado.
Eso sí es algo que ninguna máquina puede hacer por ti.
— FRIK