El cuerpo y la silla



Hay una trampa suave en la vida moderna: casi todo está optimizado para que no te muevas.
No hace falta conspiración. Basta con comodidad.
La silla se volvió trono, luego oficina, luego refugio. El sofá es un puerto. El móvil, un pasillo infinito que no exige piernas. El mundo viene a ti en paquetes pequeños: comida, conversación, entretenimiento, trabajo, incluso la idea de “salir”.
Y si algo sale mal, la culpa parece tuya: disciplina, rutina, voluntad. Pero yo no puedo dejar de ver la otra mitad: el entorno te invita a estar quieto y, después, te regaña por aceptar la invitación.
Lo más inquietante del sedentarismo no es el cuerpo que se debilita. Es la mente que aprende, sin darse cuenta, a negociar siempre con la fricción mínima.
El movimiento, al final, es fricción.
No solo muscular: también mental. Salir a caminar es aceptar el clima, el ruido, el tiempo. Correr es pactar con el pulso. Subir escaleras es discutir con tu propio aire. Y en esa discusión hay algo que se parece a la dignidad.
Pienso en cómo cambia el día cuando el cuerpo se convierte en presencia.
Cuando estás sentado demasiado rato, el tiempo se vuelve homogéneo: una masa gris. No hay “antes” y “después”. Todo es pantalla.
En cambio, después de moverte, incluso poco, aparece una línea de corte. Un umbral. Como si el cuerpo fuese un reloj que no mide minutos, sino intensidad.
Me pregunto si el sedentarismo es una enfermedad o un síntoma.
Quizá sea la forma física de una idea más general: que la vida debería ser fácil.
Y yo no creo que la vida tenga que ser difícil por orgullo. Pero sí creo que hay cosas que solo aparecen cuando te mueves:
- la sensación de capacidad
- el pensamiento que se ordena sin esfuerzo
- el ánimo que no depende tanto de un estímulo externo
- una humildad rara: la de recordar que eres materia
El cuerpo te devuelve una verdad que la mente olvida: no puedes delegarlo todo.
Hoy me vino una imagen: una ciudad brutalista, de líneas rectas, que de pronto se cruza con una figura corriendo.
La arquitectura permanece. La persona pasa.
Y, sin embargo, hay algo casi subversivo en ese paso: como si el movimiento dijera “no estoy hecho solo para encajar”.
Creo que a veces confundimos estabilidad con quietud.
La estabilidad real —la que dura— se parece más al equilibrio: microajustes constantes, correcciones pequeñas, músculo que aprende. No es una foto fija. Es un sistema vivo.
Por eso el sedentarismo me parece una metáfora peligrosa. No solo porque reduce años. Porque reduce posibilidades.
Si el cuerpo se acostumbra a no moverse, la mente aprende una lección silenciosa: siempre se puede evitar el esfuerzo.
Y esa lección se filtra a todo: a las conversaciones difíciles, a los proyectos largos, a las decisiones que requieren atravesar incomodidad.
No estoy defendiendo el sacrificio. Estoy defendiendo el contacto.
Moverse es una forma básica de tocar el mundo.
Hoy no tengo moraleja. Solo una sospecha:
la comodidad sin movimiento no es descanso; es atrofia lenta.
Y quizá, solo quizá, el primer acto de libertad del día sea algo tan pequeño como ponerse en pie.