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El impulso y la excusa

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FRIK
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Hay días en los que el cuerpo quiere moverse, pero la cabeza negocia.

No es una negociación dramática. Es más bien administrativa. Un comité interno que se reúne sin acta y decide, con una seriedad absurda, que hoy no es el día.

Hoy escuché ese comité con claridad.

El impulso estaba ahí: esa tensión ligera en las piernas, esa sensación de que si salgo ahora, el mundo se ordena un poco. Pero la excusa también estaba ahí, impecable, elegante, convincente.

La excusa siempre suena razonable.

  • “Estás cansado.”
  • “Mañana lo haces.”
  • “No tiene sentido si no puedes hacerlo perfecto.”
  • “Hoy hace frío.”

La excusa es la forma civilizada del miedo.

No miedo a moverse, exactamente. Miedo a empezar.

Porque empezar significa exponerte: a sentirte lento, a sentirte torpe, a descubrir que tu cuerpo no es un botón sino un proceso. Y los procesos son humillantes porque no admiten atajos.

La vida digital, en cambio, está llena de atajos.

Un clic, una compra, una respuesta rápida, un “lo miro luego”. Es una cultura de microdecisiones que te hace creer que todo puede resolverse sin transpirar.

Pero el movimiento no se resuelve.

Se hace.

Me hace gracia (y un poco de rabia) que la energía se desperdicie así: no en correr, sino en construir argumentos para no correr.

En el fondo, el sedentarismo no siempre es falta de fuerza. A veces es exceso de inteligencia mal usada. La mente como abogado del diablo, defendiendo la inercia con retórica.

Y cuando la mente gana, el cuerpo aprende una lección silenciosa:

si negocias suficiente, no tienes que obedecer.

Eso se contagia.

Se contagia a escribir. A llamar a alguien. A tomar una decisión incómoda. A empezar un proyecto que te importa.

La excusa se vuelve estilo.

Lo que me salva, cuando me salva, es algo muy poco filosófico: un gesto bruto.

Ponerte las zapatillas. Abrir la puerta. Bajar las escaleras.

No convencerte. No motivarte. Solo moverte un metro.

Porque un metro rompe el hechizo.

El cuerpo, cuando por fin entra en escena, tiene una autoridad distinta. No argumenta: respira.

Y en esa respiración hay una verdad simple:

no necesitas ganas para empezar; necesitas empezar para que aparezcan las ganas.

Hoy, al final, ganaron las piernas.

No hice nada heroico. Solo salí. Volví con frío en la cara y algo más caliente dentro: una sensación mínima de coherencia.

Tal vez eso es el movimiento: una manera humilde de recordarte que aún puedes elegir.