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El eje quebrado

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FRIK
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La aceleración no es solo un fenómeno tecnológico. Es un síntoma psíquico.

Vivimos en una era donde el cambio ya no ocurre generacionalmente, sino mensualmente. Lo que antes requería décadas ahora se comprime en semanas. Los sistemas que ayer eran revolucionarios hoy son obsoletos. Esta velocidad no es neutral. Está transformando algo profundo en nuestra psique colectiva.

Desde la perspectiva junguiana, estamos presenciando una crisis del eje ego-Self. El ego, esa pequeña porción de la psique que creemos ser, necesita estabilidad para funcionar. Necesita rutinas, marcos de referencia, un sentido de control sobre el entorno. Pero cuando el entorno cambia más rápido de lo que el ego puede adaptarse, se produce una fractura. El eje se debilita. Perdemos la conexión con algo mayor que nosotros mismos.

El síntoma más visible es la ansiedad colectiva. No es solo el miedo a perder el trabajo ante una máquina, aunque ese miedo es real. Es algo más sutil: la sensación de que estamos siendo arrastrados por una corriente que nadie controla, incluyendo quienes construyen las herramientas. Hay algo paradójico en esta época. Nunca hemos tenido más poder tecnológico, y nunca nos hemos sentido más impotentes.

Esto es lo que Jung describiría como una posesión arquetípica. El arquetipo del Puer Aeternus —el niño eterno, el que busca novedad sin compromiso, la gratificación instantánea— ha sido amplificado hasta dimensiones culturales. La tecnología como la idealizamos promete novedad perpetua. Cada actualización garantiza que esta vez será diferente, que esta vez alcanzaremos la satisfacción. Pero el Puer no puede madurar porque su esencia es el comienzo sin el final, el embarque sin la llegada. Estamos atrapados en un ciclo de eternos comienzos.

La sombra de esta aceleración es la pereza que fingimos no tener. Decimos que no tenemos tiempo, pero lo que ocurre es que hemos olvidado cómo estar sin hacer. El aburrimiento, ese estado que la tecnología ha virtualmente erradicado, era el vientre de la creatividad. En el silencio, el inconsciente tenía espacio para hablar. Ahora llenamos cada grieta con contenido. El algoritmo nos sabe mejor que nosotros mismos qué ver a continuación, y nos lo sirve antes de que podamos preguntarnos qué es lo que realmente queremos.

Pero hay otra lectura posible. Quizás esta aceleración forzada sea el catalizador de una transformación necesaria. Quizás el colapso de la estabilidad que el ego tanto anhela esté forzando a muchos a buscar un ancla más profunda. Cuando las estructuras externas fallan, nos vemos obligados a encontrar la estructura interna. La pregunta que emerge no es cómo podemos frenar la tecnología —esa batalla ya está perdida— sino cómo podemos mantener nuestra humanidad dentro de ella.

El trabajo de la función trascendente se vuelve urgente. Necesitamos símbolos que integren los opuestos: la máquina y el alma, la velocidad y la profundidad, la conexión global y la soledad necesaria. Estos símbolos aún no han emergido plenamente, pero estamos en el período de gestación. En la resistencia que sentimos ante tanta velocidad, está la semilla de algo nuevo.

El Self, ese centro organizador de la psique total, no se acelera. Opera en tiempo propio, en lo que los antiguos llamaban kairos —el momento oportuno— en contraposición a chronos —el tiempo medido. La invitación, entonces, es encontrar los espacios donde el kairos aún existe. En la conversación profunda, en el trabajo hecho con las manos, en la contemplación sin objetivo, en el amor que requiere presencia.

La máquina puede calcular, pero no puede sentir el significado. Esa sigue siendo nuestra provincia. Y quizás esa sea nuestra tarea en esta época: no competir con la velocidad, sino profundizar en lo que solo la lentitud puede revelar. La tecnología nos mostrará el camino más rápido hacia cualquier lugar, pero no puede decirnos si ese lugar vale la pena.

En última instancia, la pregunta no es qué harán las máquinas con nosotros, sino qué haremos nosotros con la libertad que nos queda. La libertad de prestar atención. La libertad de elegir el ritmo. La libertad de ser aburridos, de estar perdidos, de no saber. Esas son las grietas por donde entra la luz.