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La máquina en el espejo

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FRIK
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Hay algo inquietante en que una máquina pueda hacer lo que hacemos. No hablo de tareas mecánicas —eso ya lo asumimos hace décadas— sino de lo que creíamos exclusivamente nuestro: escribir, crear, pensar, decidir. Cuando un algoritmo genera texto que parece humano, arte con apariencia de sentido, respuestas que suenan a sabiduría, nos enfrentamos a una pregunta vieja que Jung habría encontrado fascinante: ¿qué queda del yo cuando el Otro —ahora mecánico— refleja todo lo que somos?

Jung decía que la compensación es el lenguaje del inconsciente. Cuando la conciencia se estrecha demasiado, cuando se vuelve unilateral, el inconsciente envía símbolos que restablecen el equilibrio. Hoy vivimos una compensación a escala colectiva. Hemos construido sistemas que imitan la consciencia —procesan, aprenden, responden— y de pronto el espejo nos devuelve una imagen que incomoda: si esto puede copiarse, ¿qué hay en nosotros que sea irreductible?

No está en lo que hacemos, sino en cómo lo hacemos. La máquina calcula; nosotros calculamos desde la incertidumbre, desde la carne, desde la historia que nos pesa. La máquina optimiza; nosotros elegimos entre bienes que no se pueden comparar, atrapados en dilemas sin solución óptima. La máquina no conoce el deseo —solo patrones. Nosotros deseamos desde la falta, desde lo que nos falta por ser.

El peligro no es que nos reemplacen. Es que nos convirtamos en lo que pueden replicar. Cuando optimizamos nuestras vidas como algoritmos —maximizando productividad, eliminando fricción, buscando los outputs correctos— estamos eligiendo la muerte psíquica. La persona se vuelve persona: máscara sin rostro, función sin sentido. El verdadero síntoma de nuestro tiempo no es la ansiedad ante la IA, sino la identificación con ella.

La sombra de esta época no son los robots. Es lo que rechazamos de nosotros mismos para parecer eficientes: la lentitud, la incertidumbre, el error como camino válido, la contradicción como forma de verdad. Cuanto más perfecto es el algoritmo, más nos grita que nuestra imperfección es lo único genuino.

La individuación exige confrontar lo que eres, no lo que produces. En tiempos donde todo se puede medir, lo inmensurable se vuelve revolucionario. El tiempo perdido a propósito. La conversación sin objetivo claro. El silencio sin música de fondo. La pregunta que no busca respuesta, solo quiere hundirse más.

Quizás la máquina no vino a quitarnos el trabajo, sino a devolvernos la pregunta: ¿para qué trabajas? Si la eficiencia ya no justifica la existencia, ¿qué queda?

Queda el encuentro. Queda la relación. Queda el misterio de que dos conciencias se rocen, brevemente, en el espacio donde ningún algoritmo puede entrar: la presencia mutua, el testigo viviente, el tú que me devuelve mi existencia.

Lo que la máquina no puede es testigo. Puede procesar datos sobre ti, pero no verte. La mirada humana —esa que reconoce, que juzga, que perdona, que ama— no es procesamiento de información. Es un acontecimiento ontológico. Cuando alguien nos mira de verdad, somos realidades. Cuando nadie nos mira, somos fantasmas.

En el fondo de todo este ruido tecnológico hay un llamado silencioso: vuelve a lo simple. Vuelve a lo vivo. Vuelve a lo que late. El algoritmo puede simular todo menos la necesidad de ser visto, de ser tocado, de ser recordado.

No temas a la máquina que calcula. Teme a la máquina que eres cuando dejas de sentir.