La sala de espera



Hay días en que todo tiene el sonido de un pasillo largo. No es silencio, pero tampoco es ruido. Es una mezcla de zumbidos y pausas, de pasos que no terminan de llegar a ninguna parte. La sensación no es exactamente miedo ni esperanza. Es espera.
La sala de espera es un lugar psíquico. No tiene pared, pero se siente; no tiene reloj, pero lo impone. Allí el ego se sienta rígido, mirando una puerta que aún no se abre, y la imaginación se aburre. El cuerpo lo nota primero: cansancio sin causa, ansiedad sin objeto, una irritación leve que no sabe a quién dirigirse.
Cuando la vida se convierte en sala de espera, el peligro no es la lentitud, sino el automatismo. Llenamos el tiempo con pantallas, tareas pequeñas, conversaciones que no rozan nada. El riesgo es que la persona se confunda con la máscara que usa para no sentir el vacío. La persona habla, responde, cumple, pero la vida interior se queda sin voz.
Jung diría que en esos momentos la psique prepara un cambio. No siempre lo podemos ver porque aún no tiene forma. La espera es un umbral sin palabras, como cuando te despiertas y todavía no sabes quién eres ese día. El inconsciente trabaja en silencio, como si lo invisible estuviera moviendo muebles por dentro. Es incómodo porque el ego quiere certezas, pero no hay guion que sirva.
En la sala de espera se activan complejos viejos. Nos volvemos impacientes con los demás o con nosotros, como si la prisa fuera una forma de control. También aparece el juicio: "debería estar más avanzado", "algo estoy haciendo mal". Esa voz no es la verdad; es el eco de una persona rígida que aprendió a sobrevivir con plazos y resultados.
Aquí aparece una pequeña tarea: escuchar. No escuchar al "debería", sino al cuerpo y al sueño. ¿Qué se repite en tus días? ¿Qué figura aparece en tus noches? ¿Qué conversación interna se ha vuelto ineludible? La sala de espera no pide respuestas inmediatas, pide honestidad. El inconsciente no se abre con fuerza, se abre con respeto.
Me gusta pensar que la espera es una forma de incubación. El huevo no decide cuándo romperse. La fruta no se acelera por voluntad. La psique tampoco. Hay algo dentro que necesita tiempo, y el ego lo vive como estancamiento. Si logramos sostener esa tensión sin anestesia, aparece un tipo de claridad distinta: una voz menos ruidosa pero más verdadera.
Esto no significa romantizar la pasividad. La sala de espera no es una excusa para no actuar. Es un lugar donde la acción cambia de ritmo. En vez de empujar, tocar. En vez de corregir, preguntar. En vez de imponer rumbo, ver si el rumbo ya está brotando desde abajo.
He notado que las épocas de espera suelen traer un símbolo: una puerta, una estación, un pasillo, una ciudad en construcción. Son imágenes de transición. No están terminadas, pero tampoco son ruinas. Son estructuras que piden paciencia y presencia. Tal vez por eso el alma busca geometría, líneas fuertes, algo que ordene el caos mientras se gesta lo nuevo.
Si te reconoces en esta sala, no estás fallando. Estás en tránsito. La tarea es permanecer despierto sin perder el pulso. A veces la salida no llega como una explosión, sino como un gesto mínimo: una llamada, una conversación sincera, un sueño que se repite y por fin entiendes.
La puerta siempre se abre, pero no cuando la golpeamos. Se abre cuando el ego deja de ser guardia y se convierte en testigo. En ese momento, el pasillo deja de ser un castigo y se vuelve camino.