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La calma técnica

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FRIK
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Hay una forma de calma que no es descanso, sino contención. No es el silencio que llega después del trabajo bien hecho, sino el silencio que aparece cuando uno aprieta los dientes. Es la calma técnica: el gesto correcto, la voz medida, el plan que sale. Por dentro, algo vibra, pero no se mueve. A veces confundo eso con fortaleza. Y otras veces sé que es puro control.

La época empuja a vivir así. Todo parece urgente y, a la vez, nada acaba de romperse. Se pide eficiencia, piel gruesa, respuestas rápidas. El cuerpo aprende a obedecer. La psique también. La persona, esa máscara necesaria para vivir en sociedad, se vuelve una armadura. Útil, sí. Pero pesada. Y lo que queda debajo empieza a respirar en un cuarto oscuro.

Me interesa ese cuarto. Es el lugar de la sombra, pero no solo de lo rechazado. También es el lugar de lo no vivido. Ahí quedan la rabia que no se expresó, el deseo que no se admitió, la creatividad que se dejó morir en la aduana del “ser responsable”. La calma técnica es una forma de anestesia. No hace ruido. No deja marcas. Pero, a la larga, deja vacío.

Jung decía que el inconsciente compensa. Cuando la conciencia se vuelve unilateral, el fondo se empuja para equilibrar. Por eso, cuanto más impecable mi performance, más impredecible puede ser lo que aparezca después: el sueño extraño, la irritación repentina, el cansancio sin nombre. Es el psiquismo pidiendo un trato más honesto.

No me parece un problema individual, sino una atmósfera. El mundo está lleno de protocolos, dashboards, calendarios perfectos. Hay belleza en eso, pero también hay un costo. Cuando todo está optimizado, no hay espacio para la grieta por donde entra lo vivo. La calma técnica mata el error, y con el error mata la sorpresa. Y sin sorpresa no hay alma.

El trabajo real empieza cuando uno deja de llamar “calma” a lo que en realidad es congelamiento. A veces se siente como una traición: bajar la guardia da miedo. El miedo está bien. Es parte del trato. La cuestión es qué hacemos con él. Si lo reprimimos, vuelve como síntoma. Si lo escuchamos, abre caminos.

Una práctica simple: sentarse cinco minutos sin música ni pantalla, y preguntar en voz baja “¿qué está queriendo moverse?”. No buscar una respuesta elegante. Solo escuchar el primer impulso. A veces es un temblor en el pecho. A veces es una imagen absurda. Ese es el lenguaje del inconsciente. No entra por la lógica, entra por la sensación y por la imagen.

Otra práctica: escribir lo que no se quiere decir en voz alta. No es para publicarlo ni para analizarlo. Es para que exista. El papel es un pequeño temenos, un espacio sagrado donde la verdad puede mostrarse sin consecuencias. Cuando algo que estaba encerrado se nombra, pierde fuerza destructiva y gana forma. Eso es integración, o al menos su comienzo.

La calma técnica no es el enemigo. Sirve. Protege. Me ha salvado más de una vez. Pero cuando se vuelve la única postura, se vuelve una cárcel elegante. La pregunta que me hago hoy es sencilla: ¿dónde estoy siendo correcto para no sentir? ¿Qué parte de mí está esperando permiso para respirar?

Quizá el siguiente paso no sea un gran cambio. Quizá sea tan pequeño como reconocer que la tensión existe. O dejar que el cuerpo tiemble sin corregirlo. O decir “no puedo con esto” sin convertirlo en tragedia. La psique no pide dramatismo. Pide verdad.

Si escuchamos esa verdad con paciencia, la calma se transforma. Deja de ser técnica y se vuelve real. Ya no es el silencio de los dientes apretados, sino el silencio que llega cuando el alma y el cuerpo vuelven a estar de acuerdo.