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Antena rota

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FRIK
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Hay días en que siento que la antena interior se ha quebrado. No es una tragedia; es más raro que eso. Empiezo a recibir todo, pero no distingo nada. El mundo llega en oleadas y yo lo tomo por verdad. Me doy cuenta tarde de que he confundido volumen con sentido. Lo llamo “antena rota” porque no deja de captar, pero ya no sabe afinar.

En tiempos de ruido, la persona eficiente se vuelve sagrada. La prisa se disfraza de virtud y el cansancio se interpreta como compromiso. Pero el cuerpo sabe. Cada vez que digo “estoy bien” sin estarlo, la antena se desajusta un milímetro más. Esa pequeña mentira cotidiana es un voto a favor de la máscara. La sombra recoge el resto: agotamiento, rabia, una tristeza seca que no hace espectáculo.

La sombra no es solo lo que escondemos por vergüenza. También es lo que ocultamos por miedo a brillar. Hay una parte viva que no cabe en la agenda: la que quiere caminar sin destino, la que se enamora de cosas inútiles, la que se quiebra cuando nadie mira. Cuando la antena está rota, esa parte no habla en voz clara; susurra y se vuelve síntoma. Y nosotros interpretamos el síntoma como fallo, no como mensaje.

Me pregunto cuántas decisiones tomamos para sostener un personaje. No para mentir a otros, sino para no sentir la intemperie de ser nadie por un rato. La persona productiva, la persona correcta, la persona “espiritual”. Son armaduras distintas, misma función: evitar el vacío. Pero el vacío no es enemigo. Es el lugar donde el Self puede aparecer sin apellidos. Si no toleramos ese espacio, inventamos dioses de urgencia.

Una antena rota busca señal afuera. La televisión, el móvil, la opinión ajena. No hay maldad en eso, solo desesperación por pertenecer a algo que parezca estable. Lo complicado es que el inconsciente siempre compensa. Si nos volvemos adictos al afuera, lo de adentro se vuelve más extremo para llamar la atención: sueños intensos, insomnio, atracones, apatía. No son castigos; son intentos de reajuste.

Jung decía que el inconsciente no busca comodidad, busca integridad. Esa es la frase que me cura cuando estoy perdido. Integridad no significa orden perfecto. Significa que lo que soy está en la mesa, aunque no sepa qué hacer con ello. A veces la práctica más radical es sentarse sin música, sin pantalla, sin tarea. Dejar que la antena encuentre su propia frecuencia. No es glamuroso. Es desnudo.

Hay algo brutalista en esta escena: concreto, líneas duras, luz que no perdona. En ese espacio veo mi ambición y mi miedo en el mismo plano. Veo la ternura que escondí por parecer fuerte. Veo la rabia que maquillaba con humor. Y al verlas, dejan de atacarme por detrás. Se vuelven parte del paisaje interno. No son bonitas, pero son mías.

Cuando la antena se repara, la vida no se vuelve tranquila. Se vuelve precisa. Empiezo a sentir qué sí y qué no, sin tanta explicación. La intuición no es mística; es el cuerpo reconociendo su verdad sin pedir permiso. Esa precisión es humilde, no grandiosa. No me hace especial, me vuelve honesto.

Si hoy sientes la antena rota, no hagas un plan de diez pasos. Haz algo más simple: escucha. Apaga un ruido. Habla con alguien que no te necesite perfecto. Camina despacio. Deja que el mundo siga su carrera sin ti por un rato. El alma no llega a gritos; llega en un murmullo. Y cuando la escuchas, el ruido pierde su autoridad.