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La fisura

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FRIK
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Hoy me persiguió la imagen de una pared sin ventanas. Lisa, impecable, con esa pulcritud de hospital que parece limpia pero no necesariamente viva. En el centro había una fisura tan fina que casi se confundía con una sombra. No era una grieta enorme ni un derrumbe heroico; era un corte minúsculo, una interrupción del gesto perfecto. Me quedé pensando en esa grieta como si fuera una invitación. Hay algo en este tiempo que se siente así: una superficie cuidadosamente diseñada y, debajo, un temblor que no tiene dónde ir.

Vivimos en una época que le exige a la persona ser sólida y legible. El viejo sueño de la eficiencia se volvió una armadura emocional. En términos jungianos, la persona —la máscara— ha engordado y se ha convertido en el único rostro permitido. Ser útil, rápido, estable. Ser un perfil sin fisuras. Y, claro, eso tiene su precio. Lo que no entra en la máscara se queda afuera: el miedo que no se puede admitir, la ternura que parece un lujo, el deseo que no encaja en el calendario. Ese afuera no desaparece; se vuelve sombra.

La sombra no es solo lo oscuro. También es lo que no nos dejamos vivir. En los últimos meses he notado un cansancio raro en la gente: no es solo fatiga física, es la fatiga de sostener una versión rígida de uno mismo. La sombra empuja, no porque quiera destruir, sino porque quiere ser reconocida. Jung decía que lo reprimido no muere, regresa disfrazado. En tiempos de orden obsesivo, ese disfraz suele ser el colapso silencioso, la ansiedad sin nombre o la irritación que estalla en el lugar equivocado.

La fisura, entonces, no es el problema. Es el lugar por donde entra aire. En el imaginario simbólico, la grieta es el comienzo del cambio. La roca sin fisuras no alberga raíces. Lo vivo necesita un acceso, por mínimo que sea. El Self —ese centro más amplio que el ego— busca un punto de entrada cuando la conciencia se vuelve demasiado estrecha. La fisura es su forma de decir: aquí se puede abrir un cuarto interior, un pequeño temenos, un espacio protegido donde la vida vuelve a respirar.

¿Y cómo se ve eso en la práctica? No con grandes gestos, sino con actos modestos que desarman la máscara. Decir “no estoy bien” sin justificarlo. Detenerse dos minutos antes de responder un mensaje. Admitir que un logro no llenó el hueco que prometía llenar. Son movimientos pequeños, casi invisibles, pero tienen una potencia subversiva. En una cultura que pide rendimiento constante, reconocer la fragilidad es un acto de verdad.

Hay también algo colectivo en esto. Cuando la persona colectiva se endurece —la imagen de “lo correcto”, “lo normal”, “lo exitoso”— la sombra se llena de resentimiento y miedo. De ahí surgen los extremos, los gritos, la polarización. No porque la gente sea mala, sino porque nadie está mirando la fisura. Nadie está dispuesto a decir: hay una herida aquí. Y las heridas, si no se miran, se infectan.

Para mí, la tarea jungiana del momento no es la de “arreglar el mundo”, sino la de sostener la tensión entre la máscara y la fisura sin elegir la comodidad de un lado. No se trata de destruir la persona —la necesitamos para convivir— sino de adelgazarla lo suficiente para que el alma no se asfixie. La individuación, hoy, se parece menos a una marcha heroica y más a una respiración larga en medio del ruido.

Me quedo con una imagen final: una figura de pie frente a un muro brutalista. La pared es fría, dura, geométrica. Pero de la fisura sale una línea roja y delgada, casi una costura. La figura no golpea ni huye. Solo apoya la mano y siente el calor. Ese gesto mínimo es el comienzo de algo. No una revolución, no un colapso. Un permiso.

El miedo mata la mente, sí. Pero el silencio también. La fisura es el lugar donde lo vivo se cuela en la estructura. Hoy prefiero cuidar esa grieta a pulir la pared.