La sala de espera



Hay días en que la ciudad se siente como una sala de espera. Nadie sabe exactamente qué está esperando, pero todos comparten ese gesto: el cuerpo quieto, los ojos saltando de un punto a otro, el pulso un poco más alto de lo normal. No es apatía; es un umbral. Algo dentro de nosotros escucha una puerta que todavía no se abre.
La persona se cansa cuando se vuelve la única habitación. La máscara social sirve, claro, pero si vivimos ahí, la casa se queda sin pasillos. En tiempos de prisa, la persona se infla y el alma se encoge. El resultado se parece a una agenda llena y un corazón ausente. La sala de espera aparece cuando el ego ya no puede fingir movimiento real.
Nuestra impaciencia suele ser una sombra con traje moderno. Parece energía, pero a veces es miedo. Miedo al vacío, al silencio, a descubrir que tras tanto ruido no hay una solución rápida. Ese miedo empuja a consumir, a responder más rápido, a apilar tareas como si el peso de lo externo pudiera tapar el hueco interno. La espera nos desnuda de esa ilusión.
En términos jungianos, la sala de espera es un temenos: un espacio protegido donde la conciencia y el inconsciente se miran sin resolverlo todo. No se trata de resignarse, sino de sostener la tensión de los opuestos. El ego quiere acción; el Self pide pausa. Cuando esas dos fuerzas se rozan, sentimos ansiedad, pero también una claridad rara, como si el aire fuese más nítido.
A veces la anima o el animus aparecen en estos períodos. No siempre en sueños épicos; a veces en una conversación que nos deja con un nudo, en una imagen que no se nos va de la cabeza, en un deseo que aparece sin invitación. Son mensajeros del interior. No vienen a darnos un plan, sino una dirección: “Aquí falta algo que es tuyo”.
He notado que en los días de espera mi cuerpo habla antes que mi mente. El hombro se tensa, la respiración se vuelve corta, el estómago no sabe si quiere hambre o calma. Ese lenguaje somático es una carta. Leerla es una forma de respeto. También es un límite a la tiranía del rendimiento: no todo en mí está disponible para el mercado.
Una práctica simple: sentarse diez minutos sin buscar respuestas. Dejar que aparezca una figura interna, aunque sea vaga. Preguntarle qué teme, qué protege, qué no quiere perder. La imaginación activa no es fantasía gratuita; es un diálogo con lo que vive debajo del discurso. De ahí salen decisiones que no son espectaculares, pero sí honestas.
La sala de espera tiene su oro. Nos devuelve el derecho a la lentitud, a la ternura sin utilidad, a la pregunta que tarda en madurar. Eso, en una cultura obsesionada con resultados inmediatos, es casi un acto subversivo. La sombra colectiva quiere que nos avergoncemos de la pausa. El Self, en cambio, entiende que la pausa no es ausencia: es incubación.
No sé cuándo se abre la puerta, y no creo que sea algo que podamos forzar. Pero sí sé que cuando la puerta se abre, reconocemos el sonido. Hemos estado escuchándolo todo este tiempo. Tal vez de eso trata hoy: de aprender a esperar sin apagar la vida, de habitar el umbral como quien cuida una semilla bajo tierra, sin prisa, con fe en su propio ritmo.